Sofía pidió que la llevaran hasta
el mirador, frente al mar. Hacía mucho que no contemplaba un atardecer sin
mirar el reloj, sin pensar en lo que haría después. El viento movía suavemente
su cabello y el cielo comenzaba a teñirse de violeta, rosado y naranja. A lo
lejos, el faro encendió su luz. Sentada en su silla de ruedas, recordó la mujer
que había sido antes; independiente, siempre ocupada y acostumbrada a
resolverlo todo por sí misma, convencida de que tenía suficiente tiempo para
hacer aquello que iba posponiendo.
El accidente ocurrió de la manera
más inesperada. Era un día cualquiera; uno de esos que comienzan sin ninguna
señal de que algo extraordinario vaya a suceder. No hubo advertencias ni
oportunidad de prepararse. Todo ocurrió demasiado rápido. En cuestión de
instantes, su historia se dividió en dos: la vida de antes y la vida después de
aquel día. Desde entonces, había comprendido, quizá de la forma más difícil,
que existen acontecimientos capaces de cambiar nuestros planes sin pedirnos
permiso.
Lo que más le costaba aceptar, no
era únicamente cuánto había cambiado su rutina; sino, tener que depender de
otras personas para cosas que antes hacía sin siquiera pensarlas. Pedir ayuda
le resultaba extraño. Algunas mañanas sentía gratitud cuando alguien acercaba
aquello que necesitaba; otras, una silenciosa frustración le apretaba el corazón.
Extrañaba levantarse y decidir espontáneamente adónde ir. Extrañaba esa
libertad cotidiana que antes le había parecido tan normal. Frente al océano,
comprendió cuánto había disfrutado sin darse cuenta. Había pasado tantos años
preocupándose por lo que le faltaba, que pocas veces había celebrado todo lo
que ya tenía.
Miró las olas golpeando las rocas
y una pregunta apareció nuevamente: «¿Cuánto tiempo permaneceré así?». Era una
pregunta para la que nadie podía darle una respuesta definitiva. Después llegó
otra, todavía más difícil: «¿Mi vida volverá a ser como antes?». Sofía bajó la
mirada durante unos segundos. Quería recuperar muchas cosas. Quería volver a
sentirse independiente y hacer planes sin calcular cada dificultad. Pero;
mientras observaba cómo una ola desaparecía para dar paso a otra, comenzó a
preguntarse si quizá estaba buscando únicamente recuperar su antigua vida,
cuando debía aprender también a descubrir la que todavía tenía ahora.
El faro volvió a iluminar el
horizonte. Sofía sonrió. Las tormentas no desaparecen para que un faro cumpla
su propósito; precisamente existía para permanecer encendido cuando el camino
se volvía oscuro. Entonces surgió una pregunta diferente: «¿Cuál será mi
propósito ahora?». No encontró una respuesta inmediata; pero, aquella pregunta
ya no le produjo miedo. Tal vez todavía podía escuchar, aprender, amar,
acompañar, escribir; animar a alguien que estuviera atravesando su propia
tormenta. Tal vez su valor nunca había dependido de cuánto pudiera hacer sin
ayuda. Y aunque había perdido algunas certezas, conservaba algo inmenso que
durante años había dado por sentado: seguía teniendo vida.
El sol comenzó finalmente a
desaparecer detrás del horizonte. Quizá, su vida nunca sería exactamente como
antes; quizá, algún día recuperaría cosas que hoy parecían lejanas, o quizá,
descubriría maneras nuevas de vivirlas. No podía saberlo todavía. Lo que sí
sabía, era que no quería desperdiciar el presente, esperando el regreso del
pasado. Miró una vez más el faro encendido y pensó en Dios. Tal vez confiar, significaba
creer que incluso en medio de preguntas sin respuestas, todavía podía existir
un camino. Respiró profundamente y contempló el mar. No sabía cuánto duraría
aquella etapa, pero por primera vez comprendió que mientras hubiera vida,
también habría esperanza, propósito y nuevas páginas por escribir.

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